Aprendiendo a vivir en la crisis: recibiendo nuestras emociones y saliendo del control

Soltar el control

Por Irene Santiago

Aunque nuestra cosmovisión en occidente nos suele invitar a relacionarnos con las crisis desde el miedo – entendiendo el término crisis como sinónimo de peligro – en China la palabra crisis contiene dos significados: peligro y oportunidad.

Aun así, es casi imposible no sentir una incomodidad inherente. Tomemos como ejemplo, uno de los más citados ingredientes de esta crisis: la incertidumbre.

La incertidumbre, el miedo a un futuro poco predecible, activa nuestro sistema de alerta para prepararnos frente a un futuro que anticipamos desesperanzador, al proyectar imágenes de lo horriblilis, archivadas en el inconsciente, en nuestra “habitación de atrás”. El mensaje que recibimos es de peligro, existe un riesgo para nuestra integridad física o psíquica. Entonces, el organismo, para garantizar nuestra supervivencia, se activa generando las respuestas primarias de lucha o huida, manera que los mamíferos tenemos de relacionarnos con el peligro. Aquí el organismo está haciendo lo que tiene que hacer, ayudándonos a sobrevivir.

El problema es que no diferencia los hechos de las vivencias. Tu razón lo puede hacer, pero tu sistema primario de alerta vinculado a la supervivencia funciona de otro modo. Es decir, para nuestro organismo sucede lo que vivimos. Por eso, la clave estaría en la percepción, en cómo vemos y sentimos la realidad y luego, en cómo nos contamos lo que vivimos.

Si quieres indagar cómo vives el mundo, observa tu propia percepción. Si percibes el mundo como amenazante u hostil, seguramente sientas miedo, inseguridad, impotencia, lo cual si es sostenido o intenso puede acabar llevándote a la indeseada ansiedad. Llegados a este punto, una aclaración, el miedo es una emoción innata en todos los seres humanos, es decir, es inherente a la naturaleza humana y es una forma adaptativa para sobrevivir. Nos ayuda a protegemos, a cuidarnos de un estímulo externo garantizando nuestra seguridad. El problema viene cuando ese miedo nos paraliza, nos bloquea o se intensifica llegando a producir ansiedad. Recordemos que la ansiedad nos habla de un miedo extremo frente al futuro. En la actual crisis mundial, nos enfrentamos a un futuro poco alentador. Por ello, una herramienta para delimitar dicho miedo a un futuro incierto, poco esperanzador, puede ser justamente focalizarnos en el presente, en lo pequeño, en la cotidianidad.

Volviendo a la percepción. Lo que suele sucedernos es que transitamos por diferentes formas de vivir el mundo, muchas veces de forma simultánea. Una mala noticia en la que sentimos que el mundo se recrudece, puede ir acompañada de un profundo agradecimiento al reconocer el valor de estar rodeados de amigos y familia. Entonces, emociones encontradas, sensaciones difíciles de nombrar, confusión y dificultad para definir los estados emocionales, suelen ser frecuentes.

¿Podemos estar entonces aprendiendo a vivir desde el “y” inclusivo propio del tao oriental en lugar del “o” excluyente occidental? Experimentamos estados en los que transitamos de una emoción a otra, de un pensamiento a otro, aceptando y reconociendo como parte de nosotros lo que vivimos. Por ejemplo: confío en mi capacidad de recuperarme de un bache, pero me da miedo lo que pueda pasar, la incertidumbre del futuro. El sentir y la aceptación de lo que estemos experimentando es una manera sana de transitar los estados emocionales, las percepciones, los imaginarios, los pensamientos que nos invaden cuando sentimos miedo o inseguridad.

¿Cómo te relacionas con tus emociones?

Entonces, si logramos cambiar nuestra forma de relacionarnos con nuestras emociones, podemos aprender a convivir con la incertidumbre, sin entrar en respuestas de ansiedad o de estrés sostenido. Las emociones han tenido mala prensa en nuestra cultura. Recientemente estamos desempolvándolas y reconociéndolas como parte inherente de nosotros. Pero resulta que son claves, son la imprenta de la vida en nuestra memoria, en nuestro cuerpo, en nuestro organismo. El término “emoción”, del latín, emotio, emotionis, nos remite al movimiento. Entonces, si quiero no quedarme atrapado en una emoción el hecho de permitir el movimiento de esta emoción, es decir, dejándola ser, sin negarla, sentirla en el cuerpo, respirarla, incluso observar ese movimiento orgánico que es el movimiento de las emociones, la dinámica y naturaleza intrínseca de éstas.

La ilusión del control como mecanismo de defensa

Frente a la pandemia estamos aprendiendo a desenvolvernos en un contexto nuevo, que se ha dado de forma brusca y sorpresiva. Por un lado, nuestra realidad ha cambiado de repente, sin previo aviso. Y por otro, el hecho de que se extienda en el tiempo y que además no podamos predecir tiempos o fechas en las que el riesgo bajará, no ayuda. Todos sabemos que la sensación de control es una sensación ilusoria, un sesgo que nos permite sobrevivir a partir de una suerte de autoengaño adaptativo. Es un mecanismo de defensa para mantener un equilibrio con el medio, para vivir en tranquilidad y armonía.

Cuando este control queda en evidencia, la sensación de desprotección sube a la superficie. Entonces, lo que normalmente sucede es que queremos imponer ese control nuevamente para sentirnos en seguridad. Imaginemos que la necesidad de seguridad es la meta de un camino, el control sería el vehículo mediante el cual la alcanzamos. Con lo cual, en realidad, el control no es lo que anhelamos tanto, sino el poder sentir que estamos en seguridad. ¿Hay otras maneras de lograr esto sin caer en la trampa del control? Las hay.

Aceptar nuestras emociones, sentimientos y vivencias, aprender a vivir con una dosis más pequeña de control, recuperando confianza en nosotros mismos y en nuestros recursos, pueden ir siendo dos pilares para ayudarnos a vivir las crisis. Buscar nuevas formas de sentir seguridad que se ajusten a las posibilidades de la realidad del momento, por ejemplo, quizá no es momento de focalizar objetivos a largo plazo en el futuro, pero podemos vivir nuestro presente dándonos aquello que necesitamos. ¿Cuál es nuestro “suelo” seguro? ¿Qué necesito para sentirme arropado cuando el frío viento de los tiempos difíciles se vuelve intenso?

Últimamente estamos hablando mucho de la importancia de los vínculos, de volver a sentir que somos parte de un grupo social, de una comunidad, que acompañamos y nos acompañan, que nos sostenemos los unos a los otros. ¿Sobre quién me sostengo? ¿A quién apoyo? Ese sentirnos conectados, sostenidos, lejos del aislamiento, ¿nos hace sentir más humanos? Sí, seguramente tomaremos mayor consciencia de nuestra vulnerabilidad, pero ¿no es la vulnerabilidad aquello que nos hace más humanos? Reconocer nuestras emociones y estados de ánimo, nuestras necesidades, nuestros recursos, nuestras formas de hacer y de ser. Reconocernos como seres humanos, vulnerables, que no necesitan saberlo todo, ni hacerlo todo como se espera, sino simplemente ser quienes somos, pudiendo expresar y compartir los momentos difíciles sin necesariamente sentirnos de menos. ¿Nos da esto un respiro frente a las autoexigencias, los mandatos sociales y las expectativas externas? ¿Puedes diferenciar entre lo que tú necesitas y lo que la sociedad te impone? ¿Cuál es tu nutriente en este momento? ¿Qué necesitas para sentirte conectada, segura?

La psicología transpersonal y los estados ampliados de consciencia

Paradójicamente, reconciliar esa parte de nosotros supone lo que popularmente llamamos “soltar” el control, es decir, desapegarnos de una sensación que nos hace sentir seguros. Claro, esto no suele ser una tarea fácil. La psicología transpersonal a través de los estados ampliados de consciencia ha desarrollado herramientas que nos permiten tomar distancia frente a la situación que estamos viviendo. Trascender el ego que siente miedo, apego al control, inseguridad.

Según el psiquiatra Stanistalv Grof, uno de los padres de la psicología transpersonal, los estados ampliados de consciencia, o “estados holotrópicos” se caracterizan por profundos cambios de percepción sensorial que, a su vez, generan cambios en los procesos del pensamiento. En ellos, para Grof “el intelecto se ve mermado y funciona de una forma muy distinta a como lo hace habitualmente”. Los estados holotrópicos propician el encuentro con nuestras heridas desde un lugar en el que nuestras defensas mentales no tienen tanto poder, ayudándonos a “soltar” el control.

Se trata de vincular la salud con la consciencia, en estrecha relación con el sentido de la vida, el equilibrio y el yo auténtico. Los seres humanos tenemos la capacidad de activar nuestros recursos internos y de lidiar con mucho más de lo que seguramente podemos pensar a priori de nosotros mismos.

Stanistalv Grof, introdujo el concepto del “inner healer”, que puede entenderse como “el sanador interior”. Quienes hayáis experimentado conscientemente los estados ampliados de consciencia desde la escucha profunda, el silencio, los estados meditativos o yóguicos sabréis muy bien a qué nos referimos. Se trata de una intuición profunda, una voz interior que se revela o se descubre y que participa activamente en los procesos de sanación. Tenemos la capacidad de conectar con esta inteligencia, esta intuición a partir de una escucha profunda que nos puede guiar en la adversidad.

Paradójicamente, esto se produce cuando soltamos el apego al control, cuando nos abrirnos a un mundo más allá de la pura racionalidad. Nuestra mente egoica es, a veces, tan fuerte y controladora, que la herramienta de los estados ampliados de consciencia se vuelve una de las formas más eficaces para tomar distancia frente a las historias que nos contamos de forma circular, para ver la realidad en la que estamos atrapados con amplitud y perspectiva.

Entonces, cuando vaya cambiando tu propia mirada sobre lo que vives, empezarás a darte cuenta de que la realidad puede llegar a ser mucho más flexible y dinámica de lo que podías imaginar. Y entonces, cuando puedas ver con claridad aquello que te estaba atrapando, cuando te des cuenta de las cárceles internas en las que has vivido durante tanto tiempo, podrás trascenderlas, desmontarlas, liberarte de ellas entrando en contacto con tu parte más auténtica y libre. Este proceso no es fácil y, a veces, necesita de un acompañamiento terapéutico cercano adaptado a tu ritmo y experiencia de vida. El escritor Marcel Proust dijo “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con ojos nuevos”.

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